Capítulo II
Julia, o cómo aprender en cada golpe sabiendo que lo mejor está por llegar (I)
Julia y su historia vista por la ilustradora Karla Frechilla.
Julia nació hace casi 60 años para, según nos cuenta, “aliviar” los dolores de su madre que, después de tener dos hijas, buscaba el varón anhelado por su padre. No pudo ser, y eso de alguna manera marcó su infancia. Aunque la relación con su padre era maravillosa, sí que sentía que no había sido lo que se esperaba de ella.
A esta sensación no ayudó la educación de aquella época, basada en “la letra con sangre entra”. Julia la vivió en carne propia, de manos de su padre. A pesar de ser alegre, siempre intentando sacar la sonrisa de los suyos, también era inquieta y traviesa, y eso provocó más de un cardenal en su cuerpo. No le culpó nunca, porque en aquella época, la educación era bien distinta.
Sus padres, herederos de artistas y actores de teatro, tuvieron que dejar atrás su profesión y sus sueños al darse de bruces con la necesidad de alimentar a cuatro niños, que serían cinco después. Finalmente, nació el esperado varón.
LA CÓMICA DESTRONADA NO QUIERE SOÑAR
Julia tenía cuatro años y ese nacimiento aumentó la brecha con sus progenitores. Ella seguía siendo la payasa, la cómica, la alegría de todas las fiestas, pero al otro lado no encontraba tanto como antes la recompensa en forma de abrazos y cariño, aunque a veces en Navidades y otros momentos de celebración, las risas y la felicidad compensaban el resto.
Además, desde los dos años tenía sueños raros. Se veía rodeada de personas que no conocía y que le hablaban, le contaban qué iba a suceder desde el otro lado. Y lo que le contaban, luego se convertía en realidad. Esas personas le decían que estaban muertos y eso la confundía. Para ella el más allá se percibía como un bonito lugar, y no entendía cómo esas personas la aterrorizaban. Comenzó a no querer dormir, para no soñar.
Su madre le dijo: “No pienses en esas cosas, porque te puedes volver loca”
Pero ella siguió durmiendo y soñando. Eso sí, sin contar a los demás por lo que estaba pasando. Sobrevolaba continuamente el pensamiento de que otros la consideraran distinta, rara, y que, tal y como le decía su madre, se volviera loca. A ese pensamiento no ayudaron las burlas, las risas, y algún que otro golpe que iba recibiendo en el colegio. Julia no se libró tampoco de lo que hoy llamamos bullying, y que en aquellos años era tan habitual como ahora, pero se le daba poca importancia.
Este acoso se hizo aún más intenso cuando a los diez años comenzó prematuramente a tener cuerpo de mujer. Sus curvas nuevas y su belleza atrajeron miradas. Algunos hombres se atrevieron a pasar la frontera de esas miradas, y empezó una época de pavor que duró varios años.
Esa época abarcó desde su asombro inocente ante algún exhibicionista, pasando por persecuciones, acosos, tocamientos no deseados en varios establecimientos en los que trabajó en su adolescencia, hasta un intento de violación por parte del hermano del marido de su tía, que intentó emborracharla y aprovecharse de ella. Por suerte, su tía llegó a tiempo de evitarlo. Todo esto, antes de cumplir los 14 años.
UN “BUEN AMIGO”, SIEMPRE A SU LADO
Sufría ataques de ansiedad permanentes. Por supuesto, no sabía que se llamaban así, simplemente lo definía como “lo de los nervios”. Seguía teniendo sueños premonitorios que le aterraban. En contraposición, en su mente oía una voz, que ella describía como “un buen amigo”, que siempre la calmaba, la animaba, le decía que pasara lo que pasara todo iría bien, que nunca estaría sola, que lo mejor siempre estaba por llegar.
Su relación con el sexo opuesto se basaba en el miedo, y entonces llegó él
Empezó a salir con su primer novio. Su primer amor, el que no debe olvidarse, pasó pronto de sueño placentero a pesadilla. Aunque sentía la emoción y la pasión, también sufría por parte de él abuso, burlas y desprecio. La obligaba a hacer cosas que a ella le avergonzaban, muchas veces en sitios públicos. Lo que hacían eran “secretos” que debía de mantener porque si no “no la querría nadie”. Su relación terminó cuando no pudo soportar más los malos tratos psicológicos y las broncas por todo, además de descubrir sus infidelidades. Por supuesto, él no quería romper las cadenas de esta relación tóxica, y durante un tiempo la persiguió y la amenazó. No se lo contó a nadie, como casi todo.
Cuando pensaba que no tendría una relación “sana” con un hombre jamás, apareció Julián. Sintió un flechazo al conocerle. Empezaron a quedar, pero confiesa que, al principio, le parecía tan bobalicón que pensó en dejarle, hasta que un buen día, en el cine, le miró fijamente en la oscuridad de la sala. Sintió que iba a ser su marido, y lo fue. Empezó a enamorarse perdidamente, pero tampoco su relación fue fácil.

Ilustración de Karla Frechilla sobre la Historia de Julia.
Huérfano de padre, la madre de Julián cuidaba tanto de él como de su otra hija, con esquizofrenia paranoide. A los 53 años, la madre de Julián sufrió un ictus y murió. Entonces, Julia decidió comenzar una familia de tres. Le pidió matrimonio a Julián, para ayudarle a cuidar de su hermana, ya que él se quedaba solo y desamparado. Los padres de Julia intentaron convencerla de que no era buena idea. Era muy joven y mucha la responsabilidad que iba a asumir. Tenía 20 años.
Pronto lo que comenzó con las mejores intenciones, fue convirtiéndose en puro terror. La hermana de Julián vivía de noche, deambulando por la casa, hablando sola o con “otros”, y golpeando con fuerza la puerta de la habitación que mantenían cerrada con llave Julián y Julia. Llegó a agredirles y hasta a quemar la cocina.
Julia se quedó embarazada y esta situación convirtió su embarazo en uno de riesgo, con arritmias fetales y bajo peso. Su médico se lo dejó claro: o abandonaban esa casa, o su embarazo no llegaría a término. Con sentimiento de culpa, dejó sola a su cuñada y se mudó con Julián a un piso de alquiler en Zarzaquemada, el distrito más poblado de Leganés, donde cuando estaba de ocho meses dio a luz a su hijo, Alberto.
SENTIRSE JUANA DE ARCO Y RESURGIR
Alberto nació con muchos problemas, desde bilirrubina extrema a problemas de bronquios y pulmones. Aunque los médicos le dijeron en varias ocasiones que se despidiera, su “buen amigo” y un dios que “no es el del resto de la gente”, le decían que el niño saldría adelante. Y salió… aunque siempre con miedo de que alguna vez no saliera, ya que el niño enfermaba constantemente.
Cada vez que cogía frío, ingresaba en el hospital. Julia lloraba muchísimo. Un día, su propia madre le dijo que se maquillara y que se secara esas lágrimas, para que el resto no supieran lo que estaba sufriendo, porque “la gente es muy mala y si lo saben, es peor”.
Con este desasosiego y siendo aun muy pequeño su niño, nació Sara, su segunda hija. Fue otro parto difícil, en el que Julia sufrió violencia obstétrica. La matrona llegó a pegarla y a subirse a su barriga, empujando y dándole golpes fuertes para que la niña saliera. Cuando le pusieron a la niña piel con piel sintió un bajón, un desapego, hacia esa niña que berreaba de hambre.
Cuando llegó a casa con ella, esa sensación se incrementó. Comenzó a tener el pensamiento obsesivo de que podía volverse loca y hacer daño a esa niña. Se esforzaba en cuidarla, la quería, pero algo en ella se había roto por dentro. Su marido cada día se iba a trabajar y no estaba presente en todo el día -en esa época tenía dos trabajos-, y siempre antes de irse le transmitía que confiaba plenamente en ella, pero Julia no confiaba en sí misma. Sin embargo, seguía a la vez sintiendo que cuanto peor estaba, más fuerza sacaba.
Alberto seguía entrando y saliendo en el hospital. Sufría espasmos y literalmente dejaba de respirar. Él ahora eso no lo recuerda, solo recuerda los besos y los abrazos, las risas y los mimos de su madre. Julia nunca ha dejado que su terremoto interior afecte a los que le rodean.
CONTINUARÁ…
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Esther Fernández Conde, madrileña de nacimiento y gaditana de alma, es Licenciada en Comunicación y Máster en Creatividad y Eficacia en Branded Content por la Madrid Content School. Lectora compulsiva y madre de Violeta y de Vega, se define como una apasionada de los relatos, de los lugares y de las personas, y se lanza a construir historias que entrelacen sus pasiones. Más sobre ella aquí.
Karla Frechilla ha llevado su pintura en directo por todos los rincones, desde la Thinking Party (Fundación Telefónica), o el TEDx de Valladolid (Teatro Zorrilla), hasta eventos privados para marcas en el HUB de Madrid o en la UEM. Heredera de artistas ha compartido escenario y aplausos con grupos como Onna Project, Rebeca Jiménez, Mastretta, Juan Zelada, entre otros, además de ilustrar espectáculos de baile, charlas o presentaciones. Más sobre ella aquí.
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