Capítulo III
Julia, o cómo aprender en cada golpe sabiendo que lo mejor está por llegar (y II)
Julia y su historia vista por la ilustradora Karla Frechilla.
(Continuación del Capítulo I, que se puede leer pinchando aquí).
Con pensamientos muy confusos sobre su niña y con su niño enfermando cada dos por tres, Julia creyó que se había vuelto loca. No olvidaba lo vivido con su cuñada, y se sentía cada vez más cerca de parecerse a ella.
Una tarde, estaba viendo en la televisión uno de aquellos programas de testimonios tan habituales en aquella época y, por fin, pudo poner nombre a lo que le pasaba. Una mujer explicaba lo que sentía y se vio reflejada. Esa mujer tenía depresión posparto. Entendió lo que le estaba pasando y eso de alguna manera empezó a curarla. Sin ir a médicos. Como siempre, sola con su fuerza de voluntad y con aquella voz que, desde siempre, le ayudaba a superarlo todo.
Durante aquellos años su cuñada estaba internada en el Hospital Psiquiátrico San Juan de Dios en Ciempozuelos, aunque alguna vez se escapaba y se presentaba en su casa, que era la misma donde en su día habían vivido los tres. Esto por supuesto no hacía más que incrementar el estado de nervios en el que Julia vivía.
AYUDAR PARA SEGUIR RESURGIENDO
Alberto fue creciendo y su salud mejorando, y por Sara sentía un amor especial. La niña era toda alegría, otra payasita que le alegraba los días, y que cada vez se parecía más a su madre. Todo se iba poniendo en su sitio.
Visitaban a su cuñada en el sanatorio, y esas visitas empezaron a darle mucha felicidad. Sentía por la mujer que en un momento de su vida la aterrorizó un amor enorme, y era mutuo. En esas visitas, ella la colmaba de abrazos y de besos, y de mucha energía. Como contrapunto, su hermana y su sobrina estaban viviendo situaciones distintas, pero muy complicadas.
Julia siempre estaba dispuesta a escuchar, a echar una mano. Antes los demás que ella misma
Su hermana estaba pasando por un momento difícil en su matrimonio. Julia no dudó en acogerla en su casa, a ella y a dos de sus cuatro hijas. Tuvieron que hacer malabares en la economía familiar, haciendo verdaderos milagros con los espaguetis y las cajas de Corn Flakes.
Por otra parte, su sobrina estaba muy enferma. Estaba ingresada en el Doce de Octubre con un tumor cerebral que los médicos diagnosticaron como terminal. Muchos días Julia se quedaba con ella, y le rezaba a “su” dios para que la curase. Cuando su familia ya se estaba despidiendo, Julia sintió de nuevo que su sobrina no iba a morir. “Su voz” le decía que iba a salir de allí, y salió. Los médicos no se explicaban cómo había podido ocurrir.
RESURGIR A PESAR DEL DOLOR
Su padre, que con el paso de los años dulcificó su carácter y se convirtió para Julia en una persona esencial, estaba enfermo, aunque no lo sabían. Era diabético y tuvo su primer infarto. Julia le adoraba y, cuando el vínculo era más fuerte que nunca, se murió de un segundo infarto.
La muerte de su padre la marcó, provocándole dolores inimaginables
Tras su muerte repentina, comenzó a sentir muchos dolores físicos. Tenía la columna desviada y la diagnosticaron fibromialgia. Julia nos dice: “yo la tengo a ella, pero ella no me tiene a mí”. Hoy día sigue agarrándose con uñas y dientes a la vida, al ejercicio, a los juegos y risas con sus nietas Alice y Alma, las hijas de Alberto y de Sara. Siente dolores tremendos, pero no quiere perderse nada.
Lleva años intentando comprenderse y quererse. Admite que, aunque tiene una autoestima alta, siempre ha sido demasiado complaciente, demasiado dependiente. Siempre dispuesta a escuchar, a echar una mano sin pedir nada a cambio. Eso le ha traído muy buenos amigos, y también alguna que otra decepción.

Ilustración de Karla Frechilla sobre la Historia de Julia.
Tras la muerte de su padre, uno de estos grandes amigos le introdujo en la terapia PNL, que le enseñó a conocerse mejor y a transformarse. Le gustó tanto que se formó durante tres años en esta terapia y dos más de coaching, trabajando varios años como terapeuta, en clínicas de medicina alternativa. También se formó en Risoterapia e hizo varios talleres que le llenaron de alegría. Llegó incluso a ofrecer sus servicios en los hospitales para el personal médico y sanitario en el momento más crudo de la pandemia.
Admite que ha ido a algún que otro psicólogo de terapias más “convencionales”, pero terminaba siempre en grupos en los que el resto se quejaban de sus vidas, y a ella nunca le ha gustado quejarse. Siempre ha buscado el lado positivo de sus problemas, para no sufrir tanto. Los psicólogos al exponerle sus pensamientos en seguida le daban el alta. No encontró su lugar en esto del cuidado de la Salud Mental, que tan de actualidad está, hasta que se topó con Clara, una psicóloga que le ayudó a reconocerse como víctima.
Gracias a sus propias terapias, y este “trabajo” que hizo junto a Clara, Julia ahora nos puede hablar de sus frustraciones. La primera, su deseo de ser actriz, desde muy pequeña. Este deseo que impidió cumplir su padre, gran conocedor de ese mundo, al que veía demasiado peligroso para su pequeña.
Otra gran frustración, sus ganas de haber tenido una trayectoria profesional. Se formó como auxiliar de enfermería y trabajó en un geriátrico, pero el exceso de empatía y los dolores de espalda, la obligaron a dejarlo. Eligió ser madre, y aunque ha trabajado como esteticista e incluso en un momento de su vida ejerció de tarotista (sin cobrar), por el camino quedó el haber ejercido una profesión más constante y siempre relacionada con ayudar a los demás.
ORGULLOSA DE SER ELLA MISMA
Durante los últimos años tampoco ha dejado de sufrir. Su cuñada, a la que amaba con locura, murió hace cuatro años, provocándole una grave crisis de fibromialgia. Su madre, por la que Julia sentía un afecto inmenso, murió también con lenta agonía hace ahora un año. No fue rápido e indoloro como le prometieron los médicos. Eso hizo que Julia se enfadara con “su” dios, al que siempre llamó “padre”.
A pesar de todo y de todos, con su gran amor, Julián, al que define como la persona que más le ha ayudado y aunque su matrimonio haya sido “Sonrisas y Lágrimas”, hoy Julia puede decir que ha resurgido. Se siente orgullosa de haber educado a sus hijos de una forma diferente a la que le educaron a ella, con libertad para afrontar y para contar todo lo que les pasa. A esta confianza para hablar de todo se han añadido su nuera, venezolana, a la que ha acogido como su propia hija, y su yerno, el marido de Sara.
Porque su mayor triunfo es justo ése: luchar siempre, y resurgir. A veces sin dinero, con enfermedades, con el dolor siempre rondando y pese a todo, ser una feliz superviviente y haber conseguido que sus hijos sean buenas personas. Como dice ella: “Con los huevos que me ha dado la vida, he hecho la mejor tortilla de patata”.
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Esther Fernández Conde, madrileña de nacimiento y gaditana de alma, es Licenciada en Comunicación y Máster en Creatividad y Eficacia en Branded Content por la Madrid Content School. Lectora compulsiva y madre de Violeta y de Vega, se define como una apasionada de los relatos, de los lugares y de las personas, y se lanza a construir historias que entrelacen sus pasiones. Más sobre ella aquí.
Karla Frechilla ha llevado su pintura en directo por todos los rincones, desde la Thinking Party (Fundación Telefónica), o el TEDx de Valladolid (Teatro Zorrilla), hasta eventos privados para marcas en el HUB de Madrid o en la UEM. Heredera de artistas ha compartido escenario y aplausos con grupos como Onna Project, Rebeca Jiménez, Mastretta, Juan Zelada, entre otros, además de ilustrar espectáculos de baile, charlas o presentaciones. Más sobre ella aquí.
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